Enfermero 2.0. Ha sido nominado Enfermero del Año en Inglaterra y su cuenta de Twitter arrasa.

Tenía 25 años cuando respondió a un anuncio que pedía profesionales de enfermería para Inglaterra y en noviembre del año 2000 se mudó a Sheffield, a 200 kilómetros al norte de Londres. Al principio no entendía el idioma y su carácter espontáneo chocaba con la rigidez indígena y un clima deprimente. Pero resistió, y hoy es uno de los protagonistas de la revolución que sacude el servicio nacional de salud inglés. Este barcelonés es el primer extranjero nominado como mejor profesional de enfermería en los premios de la revista British Journal of Nursing.

-¿Qué le retuvo en Sheffield? Al cabo de un año, de los 13 españoles que llegamos solo quedaba yo. Tuve la suerte de conocer a una enfermera que hablaba castellano y acabamos teniendo dos hijos.

-La adaptación no fue sencilla. El choque cultural fue grande pero la gestión hospitalaria es similar. Siempre he sido un poco rebelde y no entendía por qué había que sacar de la cama a un paciente a las siete de la mañana para ducharlo si no le apetecía. La respuesta que recibía invariablemente era: «Porque siempre se ha hecho así».

-El clásico argumento conservador. A mí me sacaba de mis casillas. Había una obsesión por medirlo todo y cumplir unos objetivos impuestos por los de arriba sin consultar ni a enfermeros ni a pacientes.

-Su filosofía era: el paciente, primero. Como especialista en urgencias, me interesaban más las máquinas que las personas, pero un enfermo me cambió la perspectiva.

-¿Qué ocurrió? Un día un chico ingresado por un accidente me pidió que le describiera lo que se veía desde la ventana de su habitación. Aquella noche no pude dormir y al día siguiente le pregunté si quería que le acercara a la ventana. Tardé dos horas en organizar todos los tubos, cables y máquinas para mover la cama, y cuando por fin pudo mirar al exterior su cara se iluminó. Llevaba tres meses ingresado y en una semana volvió a la calle.

-Pero usted se saltó el protocolo. Lo importante es que aquella persona mejoró no porque yo le diera medicación, sino porque le di ilusión. Siempre tuve problemas por saltarme protocolos pero por suerte en Inglaterra sobra trabajo de lo mío.

-Dejó el hospital y pasó a un centro de atención primaria. Tenía que prestar atención domiciliaria en un área con muchos enfermos crónicos. La primera visita no podía durar más de 30 minutos pero he llegado a pasar hasta dos horas con un paciente.

-La gente alucinaría. Al principio con algunos hablaba a través de la ranura del buzón de la puerta.

-¿Y eso? Joan es un nombre femenino en inglés y cuando las viejecitas que esperaban a una enfermera veían a un tiarrón con acento extranjero me cerraban la puerta. Entonces se me ocurrió escribir un texto donde explicaba quién era y cuáles eran mis valores. La confianza es básica. ¿Cómo le vas a contar lo que te pasa a un desconocido?

-Hará falta algo más que confianza. En vez de mandarles obedecer las órdenes del médico, les preguntaba qué podían hacer ellos para mejorar. Implicarles en su tratamiento funcionó. Al año, la mayoría de pacientes del CAP pedían por mí.

-Vaya, felicidades. Podía aplicar mis ideas, pero me sentía solo. Entonces abrí una cuenta de Twitter y vi que no era el único que pensaba así. Con 18.500 seguidores, me he convertido un poco en la voz de los profesionales de enfermería. Quiero contribuir a un cambio cultural que ponga a la persona en el centro y devuelva el orgullo a nuestro gremio.

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